No olvidaré.

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El lunes me desperté creyendo que el domingo había sido un sueño. Bueno, más que un sueño, una pesadilla. Sí, señores y señoras. Una pesadilla.

Soy catalana, orgullosa de ello, y el domingo hice algo considerado ilegal. Voté. Y como yo, tres millones más de personas. ¿Y cómo lo hicimos? Con una sonrisa en la cara. Con dignidad. Todos, tanto los partidarios del sí como los partidarios del no. Porque al fin y al cabo, estábamos ejerciendo un derecho que tenemos como seres humanos y por el que muchos y muchas lucharon en el pasado.

Supuestamente, el Gobierno de España consideraba el referéndum como algo inútil. Como algo no vinculante. Algo que, salieran los resultados que salieran, no sería válido. Entonces, ¿me puede explicar alguien por qué hubo más de 800 heridos? ¿Me puede explicar alguien por qué tanto la Policía Nacional como la Guardia Civil atacó a civiles que estaban ejerciendo su derecho a voto (y repito, un voto que, según el Gobierno, no serviría de nada)? ¿Me puede explicar alguien por qué a media tarde aparecieron cincuenta coches de Guardia Civil en mi pueblo, un núcleo de 3000 habitantes y entraron en mi instituto por la fuerza? ¿Por qué? ¿Eh?

¿Por "darnos lo que nos merecíamos" por haber hecho algo ilegal? Entonces... ¿Por qué no reciben el mismo trato esos que están imputados por corrupción? (¡Y ojo! Me refiero a la corrupción en general, a toda la que hay en este país.) Disculpen señores, creía que no les importaban los resultados de este referéndum. ¿O sí que lo hacían? Aclárense, por favor, aclárense.

¿Saben para qué han servido todos estos actos brutales, banales y violentos? Para demostrar al resto de España el Gobierno que hay en este país. Para enseñar al mundo que quizás no queda tan lejos el 1939. Para sacar a España a la calle, y hacerla gritar denunciando la violencia. Pero sobretodo, para hacer caer a un pueblo a golpes, un pueblo que se ha levantado aún con más fuerza. Porque para los que no lo sepan, los catalanes estamos acostumbrados a caer. Nuestro día nacional es el 11 de septiembre. ¿Y saben qué celebramos? Celebramos la caída de Barcelona en 1714 Barcelona en manos de las tropas borbónicas durante la Guerra de Sucesión Española. Pero eh, después de catorce meses de resistencia. (Y saben lo que conllevó perder esta batalla? Conllevó la abolición de las instituciones catalanas tras la promulgación del Decreto de Nueva Planta.

Así que sí, celebramos una derrota. Celebramos una derrota que nos hizo más fuertes, que nos hizo más tozudos, más resistentes. ¿Cómo se explica sino que ayer, 3 de octubre, miles y miles de personas salieran a la calle para protestar? ¿Y sabéis que llevábamos en nuestras manos, ayer? Nada. Las llevábamos en alto. Vacías y bien arriba, para que se viera que somos un pueblo pacífico. ¿Y sabéis qué? Que en las manifestaciones había todo tipo de banderas: Senyeras, esteladas, banderas españolas, republicanas. Y nadie se metió con nadie.

Sé que nunca olvidaré el 1 de octubre de 2017. Sé que no olvidaré como por la mañana mi pueblo se juntó en lo que fue mi instituto, deseando votar. Sé que no olvidaré la cara de mi abuela, de 92 años, cuando ya había votado. Alguien que ha vivido una república, una guerra, una posguerra, siendo aplaudida por parte del pueblo en el que vive. No, no lo olvidaré. Tampoco olvidaré las 5 horas de cola que hice para poder votar. 5 horas que pasé rodeada de amigos, de vecinos y de família, en el edificio que me vio crecer.  No olvidaré como tuve que ir a otro sitio a votar, porque nos cortaban la conexión a Internet. No olvidaré el sentimiento después de haber colocado mi voto en una urna. ¿Qué daño hice yo, en ese momento?


Pero tampoco olvidaré el momento en el que alertaron de la llegada de la Guardia Civil. Ni como bajaban de los coches y se colocaban en formación, avanzando hacia un pueblo encerrado en el patio del instituto. No olvidaré como mi pueblo luchó, como se atrincheró en la puerta. Como recibió golpes de porra y gas lacrimógeno por ello. Y el gas, directamente a la cara. No olvidaré como consiguieron entrar, ahuyentando a mi gente como si fueran mosquitos, hormigas o cualquier insecto al que se le tira insecticida.

Ni olvidaré el sentimiento de impotencia. Lo que temblé. No olvidaré como estaba pegada a la reja que separa el patio de mi instituto del exterior, apoyando a mi pueblo, que solo gritaba "somos gente de paz" ante un grupo de unos 40 Guardia Civiles. No olvidaré, nunca, nunca, las caras de la gente de mi pueblo en esos instantes. Gente mayor, gente joven. Cómo lloraban. Como cantaban. Como se aferraban a cualquier pequeño trozo que les quedara de esperanza.

Y por supuesto que tampoco olvidaré el momento en que los agentes se fueron. Como mi pueblo los acompañó sin tocales, sin dañarles, solo gritando "fuera", que somos gente de paz. No olvidaré el vídeo que se ha hecho viral estos días, ese vídeo que ha salido en muchos medios de comunicación, donde se ve un pueblo entero detrás de los coches de la Guardia Civil.


Ese es mi pueblo.
Y aunque intentaron romperlo a pedazos, el 1 de octubre se manifestó más unido que nunca.

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