Espejo, realidad

Hace bastante que tenía preparada esta entrada. Aún así, nunca me atrevía a terminarla, nunca me sentía lo suficiente inspirada para habl...


Hace bastante que tenía preparada esta entrada. Aún así, nunca me atrevía a terminarla, nunca me sentía lo suficiente inspirada para hablar sobre ello. Pero hoy me siento diferente. Hoy que me he reencontrado con una vieja amiga, que altera mi mente y la vuelve más vulnerable e insegura, hoy es el momento de hablar de ello.

Hace un tiempo leí que las personas a las que les (o se) rompen el corazón, al final, acaban siendo adictas a ello. Desde entonces, pienso bastante a menudo (por no decir constantemente) en eso. Rebobiné y observé mi pasado y además, analicé mi presente: yo soy una de esas personas.

Masoquista. Sí, parece que es obvio. Pero involuntariamente. Yo no elegí los amores imposibles, que se repiten uno detrás de otro, ni tampoco elegí confiar en la gente tanto que a veces llegan a decepcionarme. Yo no soy quien puede impedir que me ilusione, quien puede negarme sonreír por cosas que sin saberlo, acabarán dañándome. No, uno no lo elige. Se puede ser más o menos fuerte, se puede verlo de una u otra manera. Pero al final siempre acaba siendo lo mismo: un pedazo de mí rota. Y así sucesivamente.

Eso me lleva a pensar que nunca soy suficiente. Que siempre soy otra alternativa más, una simple elección, un segundo plano. Eso me lleva a infravalorarme, pero ¿quién no lo haría? Eso me lleva a mirarme al espejo y ver que mi reflejo se está castigando y provocándome un dolor de estómago insoportable, junto a unas náuseas que nunca llegan a nada más. Eso hace que quiera castigarme, por haber sido tan tonta, por haber creído, por haber confiado. Eso me lleva a fingir que estoy bien, como siempre, a intentar sonreír (aunque no es una cosa que siempre consiga), pero en realidad, por dentro me estoy sintiendo invisible y me estoy aguantando las lágrimas. Hasta que llego a casa.

Quizás esté exagerando. Quizás no. Pero todo se acumula y llega a sus límites. Y entonces pasa lo que pasa. Que vuelve esa vieja amiga, que vuelve eso que me hace sentir tan insegura. Que vuelve lo que hace que mi cabeza se imagine cosas (que quizás no sean verdad) que me duelen aún más. Que vuelva a sentirme cada vez más sola que nunca. Que vuelve lo que hace que todo duela el doble.
Y entonces, el reflejo sale del espejo, y de un momento a otro, ya no es él quién se castiga.








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