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"Al cerrarse la puerta detrás suyo notó que el frío se le calaba hasta los huesos. Con total tranquilidad, subió la cremallera de s...


"Al cerrarse la puerta detrás suyo notó que el frío se le calaba hasta los huesos. Con total tranquilidad, subió la cremallera de su chaqueta, puso sus manos en los bolsillos y miró a ambos lados de la calle. No dejó que su cabeza dudara y empezó a caminar. No sabía hacia donde se dirigía, no sabía cuál era su destino, solo caminaba, sin un rumbo fijo. 

Le gustaba pasear en silencio, solo escuchando el ruido del tráfico moviéndose por la ciudad. Un ruido que le parecía una melodía tenue, oscura y, al contrario que la mayoría de la gente, relajante. Caminaba solo, su única compañía era la luz de unas pocas farolas y los faros de los coches que iban, venían y bailaban en la oscuridad de la noche.

Se detuvo en un semáforo en rojo. El cristal que tenía delante reflejaba su figura como si de un espejo se tratara. Alto, esbelto y su pelo oscuro a juego con las sombras que, colocadas en su rostro, acentuaban sus facciones. Parecía alguien misterioso, alguien diferente, allí plantado en medio de la noche. Debía reconocer que ese toque siniestro no le quedaba del todo mal, aunque sentía que no encajaba con él.

Y volvió a caminar, dejando atrás esas luces y sombras que bailaban al son del vaivén de los coches. Avanzó, pasó por calles, avenidas y paseos hasta que no pudo seguir adelante. Entonces se quedó allí parado, delante de la inmensidad del mar. Perdió su vista en el horizonte, donde este se juntaba con el cielo. Le gustaba pensar que de noche esa línea desaparecía. Que todas las noches, cielo y mar se convertían en uno, en esa siniestra oscuridad.

Inhaló el aire marino y se acomodó en la la arena. Escuchó cómo las olas del mar se rompían en las rocas que tenía cerca y disfrutó del momento. No siempre había tenido cerca el mar, no siempre había podido aislarse del mundo como hacía desde que visitaba esa playa.

Y desde allí, todo era posible. Dejaba volar su creatividad -que no era poca- y creaba mundos e historias inimaginables. Donde hacía castillos con un simple grano de arena. Donde pensaba en su pasado, su presente y su futuro.

Donde era consciente de su existencia.

Donde era consciente de todo lo que le había llevado hasta allí. Cruzarse con todas las personas con las que se había cruzado. Cambiar todo lo que había cambiado. Convertirse en quién se había convertido.

Donde podía ser. "











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