Crío

by - 13:13


Hoy vengo a invitaros a reflexionar. A contaros algo que pasó hace años y que lleva tiempo dando vueltas por mi cabeza, queriendo salir. Algo que nunca he hablado con nadie, algo que hasta ahora se había quedado encerrado entre las paredes de lo que fue una de mis clases. Que no debería remover el pasado, lo sé, pero no me he podido resistir. Quizás no tenga importancia, quizás sea una cosa menor, pero a mí me marcó de tal manera que creo que de allí nacieron muchas de mis inseguridades.
Debía ser el año 2008 o 2009 aproximadamente, yo hacía quinto de primaria. Mi clase, la clase con la que había ido toda mi vida, la gente con la que había crecido y me había visto crecer, llevaba un tiempo en mi contra. De vez en cuando iban haciéndome bromas, soltando alguna que otra palabra de burla. Pero no le daba del todo importancia, no quería dársela, aunque en el fondo me iba taladrando poco a poco.
Hubo un día que la profesora nos pidió hacer un ejercicio, un "juego". Y recuerdo ese día tan claramente, como si fuera ayer. Cada detalle, cada palabra. Todo.
Cogimos un papel, cada uno de nosotros, y lo partimos por la mitad. En ambas partes escribiríamos nuestro nombre y, una vez realizado, uno de los dos papeles lo pasaríamos a nuestra izquierda. En él escribiríamos un defecto de la persona a la cual perteneciera el papel, y así sucesivamente. En resumen, que cuando el papel hubiera dado la vuelta por toda la clase y lo volviéramos a tener nosotros, cada niño habría escrito un defecto de cada uno de sus compañeros.
Hasta aquí todo bien. Los papeles dieron la vuelta, la profesora leyó los defectos de todos en voz alta y, aunque me hubiera gustado ser de esas personas que tenían huecos en blanco porque caían bien a todo el mundo, tuve mi tanda de defectos. No, en mi papel no falló nadie, en mi papel todas y cada una de las personas de mi clase escribió una cosa. Y a medida que la profesora iba leyendo mi papel, eran peores. En comparación con el resto de mi clase, el mío fue de los más duros, si no el que más. Pero bueno, no era algo nuevo. Ya había escuchado esas cosas anteriormente, en pequeñas dosis. Estaba bien.
Entonces tuvimos que pasar la segunda mitad del papel. Manteníamos la misma dinámica, lo único que cambiaba era que ahora debíamos escribir una cualidad en vez de un defecto. Y sí, lo hicimos. Escribí una cualidad a todos mis compañeros, esforzándome a sacar algo bueno hasta de las personas que no me caían muy bien. Los papeles dieron la vuelta a la clase, la profesora los leyó otra vez, uno por uno. Llegó mi turno y terminó rápido. Muy rápido. Sólo dos de dieciocho personas habían escrito una cualidad mía. Y una de ellas, era en tono de burla. El resto de clase, en sus papeles, habían obtenido todo de elogios y yo, después de esforzarme en buscar el lado bueno a personas que llevaban más de un curso con burlas y bromas, no recibí nada a cambio.
Quizás os parezca exagerado. Quizás os parezca una tontería. Pero ¿creéis que una niña de once años dejará pasar por alto algo así? ¿Obviará, después de todo, que la única gente que conoce, la acabe tratando de esta forma?
Desde aquel día aprendí a no confiar en las personas. Aprendí a que mis sentimientos, mejor guardármelos para mí. Y sí, quizás me encariñe muy rápidamente con alguien, con alguien que muestre alguna intención de ser mi amigo, pero lo que siento lo guardo encerrado bajo llave. Después de ese porrazo con la realidad, después de ver que no podía confiar en nadie, me sentí pequeña. Me sentí sola. Y nació otro de mis miedos.
A partir de allí dejé que me afectara todo lo que me decían, todo lo que me pasaba. A partir de allí me volví vulnerable, frágil y sensible. Sensible a todo lo que pasa, sensible a todo lo que puede pasar. A partir de allí empecé a comerme la cabeza, a culparme por cosas que quizás no tenga la culpa. A partir de allí me empezó a importar demasiado lo que los demás pensaran de mí.
Y supongo que a partir de allí, empecé a creer que la amistad era algo pasajero. Que nadie estaba a tu lado siempre. Que nadie lo estaría nunca. A partir de allí descubrí que todo tiene un principio y un final.
Y a partir de allí empezó a dolerme aún más que personas que estaban a mi lado, se fueran yendo poco a poco sin dar motivos aparentes. Sólo se esfumaban. Y volvíamos a ser extraños con algún que otro recuerdo en común.








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