Waves

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"Notaba la fresca y suave brisa marina de verano entrar por la ventana, por lo que supuse que él ya la habría abierto y se encontraría, como cada día, observando la inmensidad del mar Mediterráneo, con la mirada perdida en el horizonte, allí donde el cielo y el agua se juntan. Su pelo castaño y corto estaría revuelto y sus ojos parecerían cansados, pero sin perder el brillo que siempre tenían. La camiseta blanca y ajustada de manga corta que siempre llevaba para dormir haría contraste con su piel morena y se levantaría vagamente con el vaivén del aire proveniente del mar, dejándome ver su abdomen, perfectamente esculpido.
Como cada mañana, al escuchar moverme, se acercaría a mí y, tumbado a mi lado, empezaría a jugar con mi pelo, esperando a que abriera los ojos, con esa gran sonrisa que le caracterizaba. Para entonces, cuando yo decidiera despertar, le tendría a él mirándome y lo primero que haría sería perderme en él, en su rostro, en sus marrones ojos y en su perfecta sonrisa. Un cálido e inocente beso en la frente me arrancaría lo que sería la primera sonrisa del día, haciéndome hundir en su cuello para respirar ese olor marino que su cuerpo había acogido desde nuestra llegada a la costa mediterránea. Me susurraría un "buenos días" y yo me removería entre las sábanas y me acomodaría en su cálido pecho para intentar volver a conciliar el sueño, esta vez junto a él. 
Pero a la que me encontrara indefensa, él me cogería en brazos y me sacaría de la cama a la fuerza, bajándome junto a él al piso inferior y saliendo al jardín para terminar en las frías aguas de la piscina. Después de gritarle todas las palabras que me pasaran por la cabeza y ver que miraba el espectáculo que estaba dando con una sonrisa de ganador, se acercaría a mí y, cogiéndome por la cintura para que no me escapara, juntaría sus labios con los míos y a mí se me pasaría cualquier enfado, porque así era el hombre del cual estaba enamorada, así era el hombre de mi vida. 
Pero al abrir los ojos él no estaba allí. La ventana estaba solitaria, su pelo no estaba despeinado, su mirada no estaba perdida en el horizonte ni el viento levantaba su camiseta. Tampoco estaba a mi lado, jugando con mi pelo para que cuando despertara lo primero que observara fuera él. Y no me daría un beso en la frente ni me susurraría un "buenos días" antes de que me volviera a dormir en su pecho. Sus fuertes brazos no me sacarían de la cama y yo no protestaría, y tampoco terminaríamos besándonos en la piscina antes de empezar un nuevo día juntos. 
No, en cambio de todo eso, solo había silencio y soledad. 
Aún con su camisa puesta y oliendo a su perfume marino, me plantaría una vez más como todos los días delante de la ventana, observando la inmensidad del mar, al igual que hacía él. Las lágrimas, saladas como el océano, correrían por mi mejilla descaradamente, como se habían habituado a hacer últimamente. Ambos amábamos el mar, pero él le tenía una admiración increíble. Le fascinaba su increíble belleza, sus secretos, sus tesoros escondidos. 

Pero ese sentimiento hacía poco que se había marchitado en mi interior. El mar había pasado de ser mi amigo a ser mi más temido enemigo. 
No me había visto capaz de seguir admirando lo que me quitó a quién más amaba en el mundo. 
Lo que me quitó a él."








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